Les debo una explicación…

El pasado viernes, como pueden comprobar, no se publicó ningún relato. Perdonen.

Un servidor estaba en la tazita de plata imbuyéndose del espíritu del Carnaval, con la idea de presentar un cuarteto al Concurso Oficial de Agrupaciones de Carnaval de la muy apiñada y muy habanera ciudad de Cádiz.

¿Por qué un cuarteto? Primero y fundamentalmente porque tengo el mismo oído musical que Goya y Beethoven (el perro) cantando por peteneras. Y segundo porque, si obviamos el pequeño detalle de que está en Cádiz, el Falla es uno de los grandes templos del humor del mundo. Tanto así que cualquier escritor humorístico que se precie debería peregrinar a él, al menos, una vez en su vida.

Yo no es que me reivindique como humorista, claro. Pero entre Aristófanes y Sófocles opto sin dudarlo por el primero y eso marca con indeleble el adn de cualquier que, siquiera como afición, se ponga a escribir.

A partir de hoy recuperamos la normalidad y les mantendremos informados de los avances en el mundo carnavalesco.

Afectuosamente,

El Redactor Jefe

Ficción: Catálogo de naves

«Aunque tubiera diez lenguas, diez bocas,

voz infatigable y corazón de bronce»

Homero, Iliada: Canto II

Cuando llegué a Sevilla, una niebla espesa había tomado la ciudad. No se veían las aceras, ni los escaparates; ni los bancos comerciales, ni las farolas, ni el Giraldillo. No se veían las macetas que colgaban de los balcones, no se veía el Puente de Triana ni el itinerario ligeramente desgatado que hacen las hermandades en la Madrugá; no se veía ni la calle Feria, ni los ferreteros, ni el lugar exacto donde Belmonte, muy de niño, supo que había muerto Espartero.

Tampoco podía verse el comienzo de la Carretera de Carmona, ni el espacio en que un día estubo preso Cervantes; ni ya allí, se veía, al fondo, el escudo verde y blanco. No se veían las palomas, ni las gaviotas, ni las golondrinas (aunque esto era normal porque no era temporada). No se intuía ni la Virgen de los Reyes y los orantes lloraban ciegos al Gran Poder. No se veían los raíles cerca de los Bermejales, ni el albero, ni a los turista echando fotos  junto a la Torre del Oro. No se veía ni un trozo, ni un ápice, ni un fragmento, ni un adoquín siquiera del barrio de Triana, ni de la Macarena ni de las antiguas dehesas de la Tablada. No se veía San Fernando, ni a los niños corriendo alrededor de los cipreses y, como de costumbre, no se veían los poblados.

No se veían las pilastras, ni las tiendas, ni las bibliotecas. Ni portales, ni ultramarinos, ni vendedores de rosas ambulantes. No se veía el Ayuntamiento, ni el puente del V centenario. Ni se veía ningún Starbucks, ni tan siquiera podía intuírse la Fábrica de Tabacos. Y hasta en Plaza de Armas andaban desorientados los conductores y los transeúntes y los alabarderos; no se veían los alcázares, ni el Arenal. No se veía el río (por más que algunos dijeran que se podía adivinar como una serpiente ancha, calma y plateada allá abajo). Tampoco se veía la estación azul cerca de San Telmo, ni el Mercado de la Carne, ni la Facultad de Psicología; ni Kansas, ni el Parque de Maria Luisa. No se veían los coches, ni los caballos, ni los chavales gritando en las atracciones de Isla Mágica.

Estaban escondidas las piedras de Itálica y los trenes de Sta. Justa. No se veían los neones  color rosa, ni la propaganda electoral. No se veía a la gente en las terrazas, ni a los ciclistas que viajaban en bici municipal; ni a las estudiantes de enfermería que cantaban borrachas en la calle Betis. No se veía San Eloy, ni la Maestranza, ni los jubilados en las obras de la Junta. Tampoco se veían los restos de las exposiciones mundiales. No, no se veían los McDonald’s, ni los kioskos de la ONCE, ni las 3000, ni las 3500. No se veía la Alameda, ni el Omnium Sanctorum, ni su pendón verde.

No se veían los estadios, ni el color, ni el espacio indeterminado que ocuparía el Real de la Feria. No. Tan sólo se la veía a ella.

Nueva sección en ‘El Coherente’: La Critipedia

Como decía Julius Wiedemann, director editorial del área digital de Taschen, en El País «nosotros no competimos con otras editoriales de arte sino con empresas como Starbucks, Zara, Apple, Air France o Audi. Todos queremos lo mismo: el tiempo de la gente».

Por eso, en ‘El Coherente’ hemos creado ‘La Critipedia‘: porque queremos y aspiramos a que la decisión sobre cómo usar nuestro tiempo sea una decisión informada. En ‘La Critipedia‘ reuniremos las críticas, comentarios y reseñas de libros (y más adelante, de películas, series, música, etc…) que se encuentran dispersos por la red. Cuando haya muchos enlaces en algún libro y sea difícil leerlos todos, nuestra redacción seleccionará los mejores según su siempre dudoso criterio.

Novedades en ‘El Coherente’

Como tengo complejo de Hernán Casciari (y no sólo por el tamaño corporal)  hoy, además del cuento de rigor (que publicaré esta noche para crear expectación), les voy a contar alguna de las novedades que prometía la semana pasada.

‘El Coherente’ (que ya aviso que no se va a llamar así) va camino de convertirse en un blog que comente, avance e ironice con las noticias socio-culturales más importantes del día. Trataremos también de publicar anécdotas, rumores y vídeos relacionados con esa cosa verde y con pelos que es la realidad.

Más cosas:

  1. ¿Desde dónde escribiremos? Escribiremos desde un punto de vista analítico pero con un mucho de humor y un poco de sana frivolidad («la frivolidad es la espuma de la inteligencia», decía Reza). Como comentaban Sark y Acevedo, ya va siendo hora de sacudir el soniquete a homilía que tiene el periodismo cultural. Trataremos de ser rigurosos, elegantes y divertidos (como nuestro redactor jefe).
  2. ¿Sobre qué se podrá leer? Los contenidos serán los que nuestro fundador y amado líder quiera; pero nos centraremos especialmente en lo que más nos interesa: leer y escribir, comer, ver la tele, reírnos y pedir la paz en el mundo. Falta decir que somos gente comprometida (como Willy Toledo y Clin Eastwood) pero no se nos nota.
  3. ¿Quién va a escribir? Pues… Además de nosotros. Vamos a invitar a gente que nos guste y, mientras no tengamos dinero (mirar punto 5), no nos cobre. Sólo les pediremos una cosa que nos enseñen sus respectivos mundo, nos den sus puntos de vista y sean profundamente subjetivos. Por supuesto estamos abiertos a ideas, propuestas de colaboración, piropos y descalificaciones vía africaylostucumanos[arroba]gmail[punto]com.
  4. ¿Y ya? No. Además vamos a hacer algo así como lo que hacen thedailybeast, sigueleyendo o el mismo libro de notas; esto es, una selección diaria de los contenidos de internet que por ‘h’ o por ‘b’ les parecen más interesantes a nuestros raros y despiadados redactores. Y más cosas… pero las contaré poco a poco…
  5. El diseño es un poco cutre ¿No? Supongo. Me temo que cambiaremos varias veces de servidor: desde ya empezamos a desarrollar un blog en un servidor propio (y visualmente más cool). Pero mientras tanto, es más que probable que nos mudemos a ‘blogger’. La razón es sencilla, mientras que amueblemos nuestro propio servidor, blogger te deja instalar anuncios y, aunque no aspiramos a vivir de esto, estamos convencidos de que escribir es un oficio como cualquier otro (no tan digno, pero eso es otra cuestión) y queremos darle un dinerillo a los que colaboren con nosotros. Además, tampoco vendría nada mal algo de cash para pagar el servidor. Así que si nos vamos a la plataforma de google, lo tienen a bien y algo les ‘interesa’: pinchen como locos 😉
Y bueno… lo dejo aquí. Les tengo informados.

El final de la Historia

“The end of history will be a very sad time.”

Francis Fukuyama

– La distinción entre consumo y autorrealización ya está en Marx, incluso supongo que antes. Podría decirse, que todo el marxismo, todo entero, es un monumento al concepto de la autorrealización individual.

– ¿?

– La verdad es que en eso creo que el alemán hijo de puta acertó, aunque se equivocara en toda su teoría del valor y con su iluminada teleología la pifiara: si leemos a Marx con algo de seso y atención se entiende que él pensaba que el mismo concepto de alienación descansa sobre la idea de que el hombre (o de la mujer, seamos políticamente correctos) tiene como fin moral la autorrealización: encontrar las cosas en las que somos buenos, las cosas que nos atraen y dedicarnos a ellas. Y luego le salieron bastardos igualitaristas…En el fondo (seamos sinceros: muy en el fondo), Marx es un liberal que es consciente de que la libertad sólo es posible en una sociedad y con una estructura productiva que tiendan a la abundancia…

– A Jauja.

– Sí, más o menos.

– Vale, pero… ¿Qué coño tiene que ver Marx con que me estés poniendo los cuernos con esa niñata

Centroeuropa

(Finalista del 1er premio Addison de Witt, :p)

[1]

Huele a jueves.

Dos trazos de sombra pasean

por el camino de ronda,              más allá de la muralla.

–        Hace frío.

Unos operarios cuelgan

guirnaldas de los merlones y parecen

yedras y golondrinas.

–        Nadie ha venido a buscarme

y hace frío y nadie ha venido a abrazarme

Un hombre y una mujer se aman. Y hacen

el amor,               en camas separadas,     a varios km de distancia.

Al día siguiente (autobuses, taxis) media Europa

se derrama.

 

[2]

–        Dame la mano.

Hace frío. Los árboles

crepitan bajo el asfalto.

–        Dame la mano, por favor.

 

[3]

Antes de entrar en el desierto

los soldados bebieron largamente         el agua de la cisterna.

Él y ella decidieron fingir un último encuentro:

ni las luces de navidad disimulan los túmulos,

ni los cuerpos aspiran a fertilizar el desierto.

Y no,

nadie tiene el valor de darle sentido…

Cosas del Norte

Una poetisa mete en un sobre marrón tres ejemplares, mecanografiados a doble espacio y debidamente encuadernados, y manda el sobre a una ciudad del norte (o Burgos o León o Bilbao). Y luego hace vida normal: compra el pan, tiende los tangas en el tendedero, se lía un cigarrillo y se pone a leer “Lo real” de Gopegui (pero en seguida se cansa). Luego, antes de ir a clase, hace la comida: tortilla con queso y cola ligth.

Va a clase y se dedica a hacer un “yo-que-sé-que” con el pelo sobre el que otros muchos –Petrarca, Neruda, Jose Antonio, el bioquímico, que fue un novio suyo de la secundaria– han escrito. La vida sigue en una sucesión de patatas fritas, san jacobos y bebidas ligth. Y batidos de nata y sirope de chocolate. Y fuma, fuma mucho: aunque al menos, es tabaco de liar y claro, entiéndalo, la pereza salva los pulmones – y lo que es más importante – el bolsillo: porque estar sin pulmones es malo, pero si tienes dinero te compras un par de ellos en China y santas pascuas.

A lo que iba: que la vida sigue.

Unas semanas más tarde un número raro le llama al móvil. De una ciudad del norte (o Burgos o León o Bilbao; aunque tomaremos León a efectos de economía narrativa. Que uno se cansa de copiar y pegar siempre lo mismo) una voz del norte le dice que ha ganado el concurso. Y ella, claro, salta de alegría, volcando las hebras de tabaco por el aire y casi (pero sólo casi) derramando el té (agua caliente, hirviendo, y sin azúcar) por todo el piso.

Hace la maleta que con el premio piensa cambiar por una samsonite color pistacho con ruedas y tira hacia León.

En León un frío del carajo. No porque meteorológicamente hiciera frío aquel día en León, sino, más bien, para enfatizar recurso retórico mediante la idea de que era una ciudad del norte (como Burgos o Bilbao). La poetisa no llevaba ropa de abrigo: la emoción del momento le hizo olvidar que en el norte del País podía hacer un frío como aquel (de un nítido y afilado color violeta).

Unas horas después habla por teléfono con la organización del concurso. Se le corta el cuerpo cuando se entera de que tiene que leerlo en público. Esa noche no duerme, no puede; le entra una fiebre rara y febril la mirada ve monstruos por todas las esquinas. Sinceramente, no sabe que hacer; desde pequeña, desde que no levantaba un palmo y medio del suelo, el público le parecía una masa informe y terrorífica: el monstruo de los mil dientes del desierto de Tatooine, una cosa verde y con pelos, Jack Nicholson en El Resplandor. Y no, no podía, no, no podía leer delante de él.

Pero no podía no leer: era el sueño de su vida. Desde que de pequeña, desde que no levantaba tres cuartos de un palmo del suelo, había decidido ser escritora. Y ese premio era la puerta: no leer, no ganarlo era, por decirlo en palabras llanas sin recurrir a los románticos, una cagada.

Pensó, pensó y pensó: y llegó a la conclusión de que pensar estaba sobrevalorado: que no servía para una puta mierda. Unos veinte minutos antes del acto de entrega, llamó a la organización imitando como mejor podía (y, en justicia, podía muy bien) una afonía del carajo – el frío del norte ya saben.

El señor Chinarro, organizador del evento, estaba cabreado. Se había comprometido con el director del periódico local(el Norte o el Correo o el Heraldo, vete a ver) a que su periódico tendría una entrevista en exclusiva con la autora: y la muy hija de puta se había puesto enferma.

Pensó, pensó y pensó: aunque, claro, como el señor Chinarro estaba acostumbrado a pensar, rápido, encontró una solución: se fue a su casa.

Minutos antes del acto, el señor Chinarro llamó a su secretaria: no podría acudir al evento pues tenía una afonía del carajo y tal.

Segundos antes del acto, la poetisa apareció rubísima en el lugar del acto. Leyó los poemas y se sentó con el redactor jefe de la sección de cultura del periódico local para charlar un rato (a modo de entrevista, eso sí). Desde el primer momento se gustaron locamente. Una cosa llevó a la otra y, horas más tarde, en un pub de la zona, la poetisa se ausenta (un segundo, aclara) al baño. El redactor espera un poco pero escasos 10 segundos después va él también al baño. Al entrar, ve en el lavabo una peluca rubia y en el urinario, de pie, reconoce al señor Chinarro con un vestido, eso sí, despampanante. Furioso grita muchas cosas, tantas y tan inapropiadas que el buen gusto sólo nos permite transcribir lo que sigue:

–        ¿Lleva toda la tarde haciéndose pasar por la poetisa?

El señor Chinarro, todavía meando largamente, levanta los hombros y dice:

–        Nadie es perfecto.

Café Palahniuk

[1]
– ¿Qué tal va la noche?
– Es un capuchino y un muffin de chocolate, ¿no?
– Sí, una magdalena.
– Puff… No sé, macho; dos, cincuenta; me apetece muchísimo desahogarme un rato, ya sabes.
– Hmmm… ten; y ¿Qué? ¿No va a haber suerte?
– No creo, faltan tres cuartos de hora para cerrar y nada; nadie contesta a mi S.O.S. ¿Tú no estarás libre, no?
– Nop, noche de mus.
– Va, preferir el mus… estoy por entrarle a alguien de aquí.
– Pues aquel de la esquina no está mal.
– ¿Verdad? Además tiene la nariz y las manos grandes…
– Buen calibre, aunque no sé: parece algo misterioso, no sé…
– Va, chaval, a mi me gusta el peligro.
– Bueno, preciosidad, entonces nada: que te desahogues mucho y bien.
– Hasta mañana, Fran.

(Ella le guiña un ojo)

[2]
– ¿Qué? ¿Cómo fue la noche?
– Fatal ¿Te pongo lo de siempre? Le insinué al chaval de la esquina lo del…
– ¿Desahogo?
– Justo. Además fueron esas palabras.
– ¿Y qué? ¿Nos engañó la nariz?
– No sé. Se me.. Ten el capuchino… se me puso a llorar aquí mismo.
– No jodas…
– Justo. No jodas…

(Él se aleja riendo. Ella maldice la riqueza del lenguaje y la pobreza de lenguas)